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UN CUENTO: AYER

{Este cuento lo escribí hace cinco años. Debía estar triste pero hoy no recuerdo por qúe. Se llama Ayer porque lo leyó mi madre y me sugirío llamarlo así: a ella no le gusta que esté triste, y menos en presente}

Ayer

Llegué a aquel lugar extraño y sereno, donde esperaba encontrar tantas cosas, pero no encontré nada, más que arena y silencio.

Sólo pude a sentarme a esperar.

Intenté imaginar que alguien estaba a mi lado, lo saqué de mí. No era humano. En verdad, no había llegado a plantearme si lo sería o no, lo saqué y allí estaba, ante mí. Redondo y encarnado, rugoso. No me miraba porque no tenía ojos. Desee que tuviera todo lo malo que hay dentro de mi, y quizás por eso sólo me procuré la compañía de un ser amorfo, de forma anodina, de color anodino, vivo (palpitaba, quizás solo brillaba), vivo pero inexpresivo.

Le pregunté qué quería (quién era ya lo sabía, no era nada). No respondió. Me devolvió mi silencio, solo silencio, cuando debía saber que es lo único que no puedo aceptar. Le vi callar, palpitar, brillando, sudando, tan inerte como presente. Retrocedí y se alzó.

Se alzó hasta una luz blanca que yo también había imaginado, y le vi desvanecerse.

Otra vez sola. En silencio.

Había de volver. Esta vez tenía que ser distinto, quizás hermoso, quizás dulce y esperanzador, pero solo podía pensar en ángeles bobos que se habrían volatilizado al instante de puro inverosímiles.

Así que apareció con la misma forma, con el mismo color, esa redondez indefinida, ese encarnado como de ser incompleto que ya iba a tener para siempre.

Intenté hablarle, intenté pensar que me escuchaba y me respondía. Hoy quisiera pensar que me dijo cosas hermosas, que no puedo recordar. Hoy también quiero pensar en que las cosas hermosas se olvidan.

Sea como fuere lo intenté fundir conmigo, recuperarlo para mi, sano, salvado, guardarlo para que algún día sea habitante de aquel lugar que quiero construir en mi parea poder volver. No se si se volvió hermoso o fue un espejismo, pero entró en mi y se quedó.

El lugar seguía sereno y silencioso, y yo aun necesitaba más habitantes para El Lugar Donde Quiero Volver.

Apareció, imaginé, o quizás recuperé de un sitio en el que ya estaba a un ser como el anterior, de una ambigua redondez de un encarnado pálido, brillante, tembloroso.

Pero el nuevo habitante no paraba de moverse, desaparecía a mis espaldas. Reaparecía por las esquinas. Quizás hablaba. Sí, hablaba, pero tan rápido que no se le entendía, cambiando de asunto a cada segundo, dejando las frases inacabadas.

Estuvo palpitando de Norte a Sur, de Oeste a Este, desquiciado, durante horas, o años, o siglos, hasta que, cuando caí rendida, quizás derrotada, se alzo de nuevo a la luz blanca.

Entonces bajó, desconcertado, y quizás me diera algún consejo.

Aun me queda por contar la historia del Tercer habitante, el que había de ser mejor de todos, el que, quizás por eso, se quede sin contar.

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