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CONCHA EN NEW YORK

(i) El viaje de ida, los sueños y el Jamón York.

 Ha habido largo periodos de tiempo en mi vida donde las noches me han ido pasando sin recordar apenas un sueño.

También he vivido  temporadas extensas en que los días transcurrían sin que llorara una sola vez. No se si aquellos días y noches coincidían en el calendario, no lo recuerdo. Lo cierto es que ahora, cuando a pesar de ser feliz lloro bastante a menudo, mi dormir, más que dormir, es una batalla campal del subconsciente, donde personas, lugares, circunstancias, falsas fobias, anhelos irreales, espectros, se suceden vertiginosamente, entremezclándose en cada segundo de mis noches; y entonces me despierto cansada como si hubiera hecho un viaje largo o tomado una decisión importante. 

Me pregunto porque hay épocas en que lloro y sueño tanto, y en otras tan poco que parezco no existir. Me pregunto si lloraré o soñaré en Nueva York. 

Sí, porque en todo eso pensaba yo en la puerta de embarque. Eso y también si el jamón York tenía algo que ver con Nueva York, o porque los catalanes llaman jamón dulce al Jamón York y los andaluces, le llamamos York, en plan mucho más cosmopolita. Cuando no me pongo seria puedo estar un rato largo entretenida pensando cosas así de inofensivas. 

Mas allá de mis pensamientos, he motando un show espectacular (nº 1)  en la ventanilla de facturación. Y aunque eso no querría recordarlo con detalle (he tenido que rehacer mi equipaje allí mismo, convertir en dos maletas la única que llevaba – mis bragas expuestas en el Aeropuerto del Prat para todo aquel que quisiera mirarlas-), la verdad es que no acabo de entender las matemáticas aeronáuticas donde 22 + 22 es mucho menos que 35, porque al parecer se pueden embarcar dos maletas de 22 Kg. cada una, pero si llevas una única de 35 te toca rehacer el equipaje o pagar el sobrepeso. Por suerte la mañana ha ido mejorando y me ha tocado asiento de ventanilla en el avión.

Mientras entraban los pasajeros soñaba (pero despierta) que en el sitio de al lado se me iba a sentar un chico newyorkino guapo y cool que volvía de hacer no sequé de Barcelona, que hacia meses que había dejado a su novia por aburrida y que ahora estaba dispuesto a divertirse conmigo estos dos meses y a enseñarme su ciudad. Soñaba, incluso cruzaba los dedos. 

Al final el chico, el newyorkino fantástico,  se ve que no ha podido venir, o que ha perdido el avión, que pena, o tal vez no existe, el pobre, pero bueno, el caso es que nadie se ha sentado a mi lado, lo cual no está mal como premio de consolación para un viaje trasatlántico donde he podido estar a mi anchas, desparramar a mi antojo mis objetos personales, y dormir en horizontal. 

Yo que siempre me quejo de que casi nunca viene nadie a recogerme a los aeropuertos (perdón, papá), resulta que esta vez  pago un notas para que venga ex profeso a recogerme con el típico cartelilto al NYK Airport, y el cabrón llega tarde. Así que estuve un rato desconcertada…. ahí parada con el carrito lleno de maletas, hasta que llegó un ¿coreano? (el notas) que literalmente, literalmente, literalmente, no me dirigió ni una sonrisa ni una palabra en todo el trayecto hasta mi residencia, y eso que además de llegar tarde me tiró las maletas, y eso que yo intenté hacerme la maja incluso en inglés, pero nada.

 Lo demás, puro jet lag.

Primeras empresiones sobre Nueva York: Joder, los rascacielos. 

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