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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006. 08/05/2006CONCHA EN NEW YORK(i) El viaje de ida, los sueños y el Jamón York. Ha habido largo periodos de tiempo en mi vida donde las noches me han ido pasando sin recordar apenas un sueño. También he vivido temporadas extensas en que los días transcurrían sin que llorara una sola vez. No se si aquellos días y noches coincidían en el calendario, no lo recuerdo. Lo cierto es que ahora, cuando a pesar de ser feliz lloro bastante a menudo, mi dormir, más que dormir, es una batalla campal del subconsciente, donde personas, lugares, circunstancias, falsas fobias, anhelos irreales, espectros, se suceden vertiginosamente, entremezclándose en cada segundo de mis noches; y entonces me despierto cansada como si hubiera hecho un viaje largo o tomado una decisión importante. Me pregunto porque hay épocas en que lloro y sueño tanto, y en otras tan poco que parezco no existir. Me pregunto si lloraré o soñaré en Nueva York. Sí, porque en todo eso pensaba yo en la puerta de embarque. Eso y también si el jamón York tenía algo que ver con Nueva York, o porque los catalanes llaman jamón dulce al Jamón York y los andaluces, le llamamos York, en plan mucho más cosmopolita. Cuando no me pongo seria puedo estar un rato largo entretenida pensando cosas así de inofensivas. Mas allá de mis pensamientos, he motando un show espectacular (nº 1) en la ventanilla de facturación. Y aunque eso no querría recordarlo con detalle (he tenido que rehacer mi equipaje allí mismo, convertir en dos maletas la única que llevaba – mis bragas expuestas en el Aeropuerto del Prat para todo aquel que quisiera mirarlas-), la verdad es que no acabo de entender las matemáticas aeronáuticas donde 22 + 22 es mucho menos que 35, porque al parecer se pueden embarcar dos maletas de 22 Kg. cada una, pero si llevas una única de 35 te toca rehacer el equipaje o pagar el sobrepeso. Por suerte la mañana ha ido mejorando y me ha tocado asiento de ventanilla en el avión. Mientras entraban los pasajeros soñaba (pero despierta) que en el sitio de al lado se me iba a sentar un chico newyorkino guapo y cool que volvía de hacer no sequé de Barcelona, que hacia meses que había dejado a su novia por aburrida y que ahora estaba dispuesto a divertirse conmigo estos dos meses y a enseñarme su ciudad. Soñaba, incluso cruzaba los dedos. Al final el chico, el newyorkino fantástico, se ve que no ha podido venir, o que ha perdido el avión, que pena, o tal vez no existe, el pobre, pero bueno, el caso es que nadie se ha sentado a mi lado, lo cual no está mal como premio de consolación para un viaje trasatlántico donde he podido estar a mi anchas, desparramar a mi antojo mis objetos personales, y dormir en horizontal. Yo que siempre me quejo de que casi nunca viene nadie a recogerme a los aeropuertos (perdón, papá), resulta que esta vez pago un notas para que venga ex profeso a recogerme con el típico cartelilto al NYK Airport, y el cabrón llega tarde. Así que estuve un rato desconcertada…. ahí parada con el carrito lleno de maletas, hasta que llegó un ¿coreano? (el notas) que literalmente, literalmente, literalmente, no me dirigió ni una sonrisa ni una palabra en todo el trayecto hasta mi residencia, y eso que además de llegar tarde me tiró las maletas, y eso que yo intenté hacerme la maja incluso en inglés, pero nada. Lo demás, puro jet lag. Primeras empresiones sobre Nueva York: Joder, los rascacielos. 11/05/2006CONCHA EN NUEVA YORK (II)(ii) Corea y orientarse por aquí. Un nuevo homeless en la gran manzana. Ho – Young, Arum, Shin – Gueo, Minori, Vanya, Ho – Sun y Mari. No es la alineación de un equipo de fútbol japonés. No es un trabalenguas, ni una adivinanza. Es el nombre de mis compañeros de clase, que son prácticamente todos coreanos, incluso Mari, que no es de Cáceres, sin que también es coreana la chiquilla. Así que, si vuelvo hablando inglés con acento coreano o, incluso, directamente el coreano, que nadie se escandalice. Lo importante es aprender, en definitiva. Antes de empezar las clases, mis primeros días en la gran manzana (un laaaaaargo fin de semana, pues llegué con seis horas de ventaja) han sido fantásticos, solitarios, confusos por el cambio horario. El Sábado a las seis de la mañana fresca como una rosa, caminaba por un Manhattan casi desierto. Amanecía, y yo, que nunca madrugo, ahí estaba, despierta y paseando …paradojas de la vida y del jet lag. Estos primeros días me he dedicado a partes iguales a turistear para hacerme con la ciudad, y a solucionar tareas domésticas. Como me oriento fatal he ido aprendiendo a moverme por Nueva York mediante la clásica técnica de ensayo / error (si no era a la izquierda, es que era a la derecha, si no es la calle 47 es la 45, si no es este metro, será aquel otro, etc.). Un poco coñazo, pero lo he logrado, y tras numerosas vueltas en circulo y metros en sentido contrario, puedo llegar por mi misma a las principales zonas de la ciudad, y coger el metro en la dirección correcta, y así ya estuve en DownTown, Time Square, o Central Park. Incluso el Sábado por la noche fui a escuchar Jazz a un sitio pequeñito y fabuloso*. Todo lo que yo diga sobre esta ciudad, que realmente es “la ciudad”, que realmente es “la ciudad que nunca duerme”, que realmente parece la “capital del mundo”, todo lo que yo diga es poco y nada añade a lo que ya se sabe o sino se intuye. Así que me ahorro escribir en este blog bucólicas evocaciones de mis paseos por Central Park en un soleado domingo de mayo, o mi sensación de ser nada bajo las inmensas luces de neón de Time Square. Prefiero entrar en pequeños detalles. S'i, porque hay pequeños detalles que personalmente me inquietan. Por ejemplo, en esta ciudad no se puede comer barato y beber cerveza al mismo tiempo. Es decir, si se puede, pero en la calle. Los lugares de comida barata, los McDonald, los Subways, las Pizzerias, y similares, no suelen vender cerveza. Así tienes que comprarte una lata de cerveza en un supermercado, y luego pedirte una pizza y tomártelo todo en un banco de la calle, y eso es en plan homeless total , porque aquí esa conducta ni es elegante ni se estila y además probablemente es ilegal. Pero es ni mas ni menos lo que hago yo, convirtiéndome así en el homeless rápido de la historia de los Estados Unidos (por el tiempo en que he tardado en serlo , 14 horas después de aterrizar en el país ya se me podía ver repatingada en un banco bebiendo cerveza). Aunque sea un poco homeless sí que tengo "casa”: es una habitación pequeñísima y cutre que está en un rinconcito de una residencia de estudiantes gigante de Midtown. El cuarto de baño común está a unos 300 metros de mi dormitorio. Si me levanto por la noche para ir al baño es como salir a dar un paseo, pues tengo que recorrer unos pasillos muy largos donde puedo incluso encontrarme con alguien y charlar un rato. Luego a hacer pis, y a seguir durmiendo, como si tal cosa. La verdad es que al principio me quejé, y reclamé una habitación mas cerca del baño. Y me dijeron “Hoy no puede ser. Pregunta mañana”. Y al día siguiente “Hoy ni puede ser, Pregunta mañana”. Así un día tras otro hasta que al día de hoy me he adaptado a mi habitación, que es pequeñita pero apañá, y ya no quiero mudarme ni aunque me lo pidan; a fuerza de hacerme esperar, el cuchitril se ha convertido en mi entrañable hogar. ¿Lo harán queriendo? Que listos son los yankis. * Todo esto, evidentemente, por cortesía de Lonely Planet. 19/05/2006CONCHA EN NUEVA YORK (III)(iii) El pequeño Woody Allen y otros pensamientos. Para dedicarse a algo creativo lo único indispensable es tener sangre en las venas: sangre que fluya, que se mueva, que circule, se deslice y sobre todo que se estrelle alguna vez, que vaya y que vuelva, no importa el color, sangre haciendo vida y calentando el alma, solo sangre. Es lo que siento cuando paseo por esta ciudad roja y caliente, y entonces me prometo no volver a confiar en tipos/as con el alma congelada, desangrados. Por suerte mis amigos suelen ser bastante sanguinarios…sangrientos!, sangrantes?....mmm…l caso es que eso me hace sentirme feliz, aquí tan solita que ando por la gran ciudad. De todas formas comienzo a tener amigos en Nueva York. Mi circulo de amistades más próximo (por el tiempo que paso con ellos) son los simpáticos coreanos que me rodean por todas partes, en la clase, en la escuela, en la residencia, en las calles de la gran manzana. Ellos, y el “pequeño Woody Allen”, un tipo croata divertidísimo, bajito, pelirrojo, feillo, con continua cara de sorpresa y sarcasmo a la vez. El pone el punto exótico entre tanta atmósfera oriental. Se parece realmente a Woody Allen, y además es filmmaker, y además le encanta el cine y el propio Woody. A mi me encanta él. Lástima que se vaya en dos semanas, Estoy segura de que habría sido un buen amigos. Además trato de entablar relación con algunos autóctonos (o casi), amigos de amigos, aunque, esto, como muy bien se sabe (y yo muy bien se), es complicado y según como, te puede tomar toda una vida. Que más da, yo con mis coreanos soy feliz, vale que no suelen ser el colmo del glamour, pero siempre sonríen y hacen como que te entienden. ¿Me entienden? Mi evolución con el inglés resulta bastante desconcertante. Yo que creo que estoy mejorando y rápido, pero no se, lo mismo mantengo una ágil conversación sobre política balcánica con mi teacher y el “pequeño Woody Allen”, que soy incapaz de entender al dependiente del “Subway” en cuanto a los condimentos que hay que ponerle a mi sándwich. Entonces empiezo a comunicarme con el dedo (quiero eso, quiero aquello), en incluso se me puede escapar alguna palabra en inesperado catalán, Eso me pasa a veces cuando mi inglés hace aguas y no me retiro a tiempo. Es lo que tenemos los políglotas. Pero lo mayor parte del tiempo, callo, escribo, leo o camino sola. Voy a cenar, o a pasear, a perderme por ahí y encontrarme luego, o a escuchar jazz , o a ver cine, a curiosear en una macrodisco de salsa (quiero aprender a bailar). o a mirar teatro o un museo, o a comprarme una plancha pa la ropa, según mis necesidades del momento. Lo digo porque comprarme una plancha por 10 Dólares , y que plancha divinamente, lo considero una de mis grandes hazañas en la gran ciudad Nueva York. La soledad de la urbe, tan profunda a ratos, y la perspectiva que da un océano de por medio, me ayuda a pensar que es importante y me hace sentir, aquí tan lejos, a quien quiero y quien me quiere de verdad. |
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